La Geria, un perfecto contraste de verdes y ceniza
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Turismo del vino El 'boom' enoturístico de las Islas Canarias

Bodegas, paisajes y actividades para combinar el sol con el vino 

Sol, playa, volcanes... y vinos. Sí, en las Islas Canarias es posible maridar unas vacaciones idílicas con buenas bodegas y sorprendentes referencias.

A muchos les sigue pareciendo un fenómeno inexplicable que entre cráteres y costas paradisíacas crezcan las vides como lo están haciendo. Incluso que haya bodegas en las que se vinifique con las condiciones tropicales de este archipiélago y que el resultado sea tan chocante como satisfactorio. Aficionados al vino y sumilleres de todo el mundo han pasado de considerar los caldos de estas coordenadas como una anécdota a ser un imprescindible de sus cartas. Y por eso sus bodegas se abren al público, para mostrar secretos, paisajes imposibles y una forma de trabajar la uva muy diferente a la del resto del mundo.

Los expertos suelen delimitar las regiones vitivinícolas del mundo entre el paralelo 30º y 50º en el hemisferio norte y entre el -30º y el -50º en el sur. Por supuesto, luego entran otros factores fundamentales como el clima, la altitud sobre el nivel del mar y las horas de sol, pero el criterio de la latitud suele ser bastante preciso. Pues bien, las Islas Canarias se escapan de estas coordenadas por casi un grado, una distancia considerable si se tiene en cuenta la fragilidad de la uva y de la vinificación. Y sin embargo, aquí el vino no solo ha cuajado, sino que se ha convertido en uno de los productos estrella de la renovada e incipiente gastronomía canaria.

Sin embargo, con la conquista española de las Canarias, la vid fue introducida con éxito, sobre todo la variedad dulzona de Malvasía. Los siglos XVI y XVII fueron buenos tiempos, aunque el crecimiento de otros vinos como el Oporto o el Jerez, así como los conflictos comerciales con Inglaterra provocaron que las cepas fueran abandonadas. Hasta hace apenas 30 años, cuando comenzó la segunda juventud de esta planta y, por consiguiente, de esta bebida. Este auge en los años 80 permitió que los viticultores viniesen con ideas renovadas y con ganas de hacer cosas distintas. Llegaban de la mano del auge del ‘terroir’ y del despertar de otras denominaciones que, en España, amenazaban el duopolio Ribera del Duero-Rioja. Pero también coincidió con el asentamiento del turismo en las islas, de ahí que las nuevas bodegas llevaran en el ADN la posibilidad de ser visitadas.

Sala de barricas de Bodegas Monje

Otras opciones de visita son las de Bodegas Insulares, una visita muy centrada en el vino y en la historia de esta cooperativa que ha sabido modernizarse, y El Lomo, una bodega concebida como Château entre las viñas pero que destila canariedad en su arquitectura y esencia y modernidad en sus instalaciones de bodega y en sus procesos de vinificación.

Situada también en la mita meridional de Tenerife, la D.O. de Abona comparte algún rasgo paisajístico con Güimar, aunque la cata desvela unos blancos con más cuerpo y con más horas de sol. Es decir, más redondos pero también con un público más especializado y exigente. Por eso lo mejor es profundizar en su complejidad visitando una bodega como Frontos, donde adaptan los tours a medida del cliente y los grupos en su completo complejo vinícola.

Si en la anterior Denominación reinaban los tintos, en Güimar, una comarca situada en el este de la isla, el blanco es la estrella. Y también la altitud, puesto que se cultivan vides hasta los 1500 metros sobre el nivel del mar, rozando lo milagroso. Una mezcla que hace que los paisajes sean todo un espectáculo, y más cuando el mar de nubes baja hasta las bodegas o la nieve se posa en sus terrazas (muy de vez en cuando). En este show natural brilla la bodega Valle de Güimar, la más preparada para el enoturismo de la zona gracias a sus visitas guiadas en las que se repasa de forma entretenida el proceso de la producción de vino y que se remata con una completa cata en la que sorprende el espumoso.

El siempre verde valle de la Orotava tiene su propia D.O. nacida de las viñas que crecen a la sombra de los bananeros y salpicadas por huertas que suelen ocupar las hectáreas más fértiles. Sin embargo, para la uva se destina el terreno más pobre, de color rojizo, que parece estar recién salido del cráter. El elemento más característico y sorprendente de estas parcelas vertiginosas es el cordón trenzado, un sistema por el cual se entrelazan los sarmientos con el fin de conseguir más rendimiento en la plantación (solían compartir sol y tierra con las patatas), aunque hoy en día se ha convertido más en un símbolo de su especificidad que en un sistema útil. Con este sistema se cultivan blancos algo amargos y frutales, rosados muy rojos (de sabor y color) y tintos sencillos. La mayoría de sus bodegas son pequeñas, de ahí que solo se abran para eventos específicos como catas y visitas especiales, lo que no quita que conducir a través de los caminos y las carreteras que avanzan entre los pagos sea un placer paisajístico casi único.

Por último, Ycoden, Daute e Isora aglutinan los vinos del noroeste de Tenerife. Una zona prolífica, muy unida a esta bebida (de hecho, Icod de los vinos es su capital oficiosa) y de parajes hermosos y con muchos contrastes. Aquí manda la uva Listán, tanto blanca como negra, que se cultiva en parras altas que alfombran las laderas y las lomas, haciendo que el paisaje sea más bello si cabe. No obstante, si la idea es no elegir y aprender un poco de todas las regiones vitivinícolas de la isla, la opción ideal es visitar la Casa del vino. Se trata de una hacienda habilitada para promocionar los caldos de Tenerife y donde se puede curiosear en su museo, probar en su zona de catas y maridar con recetas ancestrales en su restaurante.