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Viajar con niños De vacaciones con mi bebé

Trucos, consejos y reglas no escritas para disfrutar de unas vacaciones familiares perfectas.

¿Son las primeras que compartes con tu bebé? Esta experiencia en primera persona te inspirará para encontrar vuestro hogar ideal en la playa y compartir esos momentos que se grabarán para siempre en tu memoria.

Cuando era niña, las vacaciones olían a crema solar, a pinos, a césped recién regado. Tengo la absoluta convicción de que en estos recuerdos imborrables radica mi fuerza, mi alegría de vivir y mi entereza de mujer adulta. Yo fui una niña feliz, muy feliz, y las vacaciones de verano eran mis días favoritos del año. A día de hoy sigo atesorando cada uno de aquellos momentos de eternidad. ¿Quién no quiere regalar a los hijos unos recuerdos maravillosos? Ahora que soy madre de dos bebés, una de tres meses, Sabrina, y otro, Alaye, de tres años, me toca a mí encontrar ese lugar que se ajuste a la perfección a mi familia. Y creo que este año lo he encontrado.

 

LAS REGLAS DE ORO

Después de algunos años de maternidad, he aprendido que para viajar con niños y que todo fluya (aunque siempre habrá imprevistos) hay que seguir cinco normas fundamentales:

Una: Olvídate de las prisas. Los bebés, y los niños en general, tienen su ritmo y hay que respetarlo, al menos en vacaciones. De hecho, tómate estos días la lentitud de tu bebé como una terapia para bajar tú misma las revoluciones que traes de la ciudad. Respira hondo y repítete: No hay prisa. No hay prisa. No hay prisa. En torno al final de la primera semana sentirás que no hay necesidad de alcanzar ninguna meta. Que no hay que correr sino andar. Tus hombros, tu espalda, tu mente… estarán cada vez más relajados. Des-can-sa.

Dos: Acepta el ‘no hacer planes’ como filosofía de vida. Cuantos menos objetivos que cumplir a la vista, mejor. Las vacaciones son para relajarse y disfrutar en familia. Olvídate de las visitas culturales y aléjate de los grupos de amigos hiperactivos e hiperpuntuales. Tú, tu pareja y tus hijos solos y en un destino próximo y de playa: Andalucía, Canarias, Baleares, Costa del Sol…  Ya tendrás tiempo para viajes más elaborados.

Tres: Mantén cada día los horarios de comidas, siestas y baño de los niños (pero sin agobiarte ni agobiarles) y así podrás prevenir berrinches, nervios y crisis de todo tipo. Los bebés lloran por cansancio, por hambre, por estrés, les molesta el ruido, el exceso de calor, el frío de los aires acondicionados, el pañal sucio… y, por supuesto, detectan el más mínimo cambio de humor. Sobre todo, el de mamá.

Tener en cuenta sus necesidades y convertirlas en tus prioridades realmente te facilitará la vida, y durante las vacaciones, en las que el entorno es totalmente diferente, estos hábitos son pilares para mantener la calma de toda la familia.

Cuatro: No te olvides de llevar el botiquín a bordo en el que no falten crema solar, termómetro, analgésicos, gasas, tiritas, alguna crema para aliviar el dolor de golpes y caídas, un antiséptico para curar una herida, un antitérmico y repelente de insectos. Te salvarán de algún que otro incidente sin importancia.

Cinco: Infórmalos y tenlos en cuenta comunicándoles lo que se tiene pensado hacer (aunque sean pequeños). Se sentirán respetados e involucrados y, de hecho, mejorará la comunicación familiar sembrando una actitud cordial y de respeto para el futuro inmediato.

TODO INCLUIDO

Un poco soñolienta (lo habitual con niños pequeños), miro desde la distancia la playa a esta hora anti bebés que son las doce del mediodía. Aunque el sol es prohibitivo, la simple estampa del mar y los reflejos del astro rey sobre las olas, me conectan con esta energía poderosa del verano. Disfruto plenamente de estos minutos pre almuerzo cada día, antes de bajar al bar de la piscina donde me reúno post-amamantamiento con mi marido y mi hijo. Allí nuestra mesa 'oficial' nos espera al fresquito, a pie de césped y con una buena botella de vino blanco helado y otra de agua muy fría. Los hoteles todo incluido son la mejor opción para disfrutar el día con los peques sin tener que pensar en nada más.

Mi marido se ha quedado con mi hijo de tres años en la zona infantil: piscinas, toboganes, cascadas, animación… Todo en un entorno súper seguro y a la vista de los padres que toman algo en la terraza de al lado. Cada día Alaye viene con una manualidad diferente y una historia divertida que contarnos y, al sentarle en la trona junto a la mesa (cortesía del hotel), nos enumera uno a uno a sus nuevos amigos antes de que el camarero le traiga el menú infantil y de broma le pregunte: Señor, ¿hoy qué va a tomar?

Sentirse adulto, respetado y escuchado le encanta (¿por qué nos sorprende cuando se trata de un niño?). Con sus tres años recién cumplidos echa una ojeada a la colorida carta, como si supiera leer, y después se dirige a Antonio, el camarero (que ya forma parte de nuestra familia) y le pide educadamente un zumo de piña y un pescado con patatas y ketchup. Con esta escena diaria nos tronchamos de risa. También será uno de esos recuerdos que nos haga sonreír en el futuro cuando recordemos estas vacaciones.

ACCESO DIRECTO A LA PLAYA

Dejar de pensar en las comidas es la esencia del descanso familiar, sin duda. Pero la fórmula del éxito de este año se está basando, también, en el acceso a la playa directo. Ir y venir al mar caminando a la hora que más nos convenga es liberador.

Yo lo hago al amanecer con Sabrina. Suele estar despierta muy temprano. Después de la toma del bebé, sobre las 7.00, aprovecho. Hago mi pequeña meditación, mis saludos al sol y mis respiraciones como puedo. Me las ingenio para hacerlo con ella en brazos, o la tumbo en la esterilla unos momentos. A veces duerme y otras mira atentamente cada reflejo del sol y escucha las olas. 

Luego paseo descalza. Me tomo mi tiempo. Respiro profundamente. Descargo la espalda. Eees-tiiiii-roooo. Son mis horas favoritas de la playa. Mi marido prefiere la tarde, cuando el sol se pone, para jugar con el pequeño al fútbol como si fueran estrellas de primera división.

Después vuelvo caminando descalza hasta el hotel y desayunamos todos juntos alrededor de una coqueta mesa al aire libre en la que no faltan el pan artesanal y los zumos naturales recién exprimidos. Gratitud infinita por estos manjares mañaneros y caseros, por las sonrisas del equipo que nos sirve el desayuno y por ese simple cambiador de bebés en los baños que nos facilita la vida.

 

SALIR A CENAR

Una de las tardes decidimos aventurarnos a salir a cenar a un lugar tranquilo en familia. La bebé no da guerra si va pegadita al cuerpo de su mamá, me dije. Así que nos moveríamos con todo el equipo para no echar nada de menos durante las tres o cuatro horas que estaríamos por el paseo marítimo: Carrito por si se duerme la bebé, mochila para portearla por si no se duerme, bicicleta de equilibrio para que el de tres años se desplace sin pedir que le llevemos en brazos, cochecitos de juguete y lápices de colores para entretenerlo sentado a la mesa durante la cena…Ya solo faltaba encontrar el lugar perfecto al aire libre, donde haya espacio para que los pequeños puedan jugar y un menú marinero como tiene que ser en la costa.

Comenzamos a prepararnos con tiempo (Regla de Oro número 1: Sin prisas se vive mejor). Hablamos con nuestro hijo sobre nuestros planes de salir a cenar y le prometimos un helado grande al final de la aventura. Aceptó (Regla de Oro número 5). Y volvimos no demasiado tarde, en torno a la hora a la que, sobre todo, el de tres años suele acostarse (Regla de Oro número 3). El paseo fue maravilloso. La pequeña se quedó dormida por el camino con tanto movimiento y Alaye disfrutó de su bici, de la cena, e incluso hizo amigos. Por cierto, antes de volver a casa, rellenamos y enviamos una postal desde el paseo marítimo a los abuelos y otra a casa para tenerla como souvenir. Aquella noche estoy segura que soñó con aquella postal y la magia de encontrarla a la vuelta en el buzón de casa.