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Ecoturismo Los encantos rurales de Ibiza

Más allá de los tópicos veraniegos, hay una isla paralela llena de estímulos naturales, ecológicos y rurales irresistibles.

Existe una Ibiza que madruga y toma café bajo los algarrobos, una Ibiza de pueblos solitarios donde los payeses moldean viñedos y maizales y donde en primavera embriaga la fragancia de los almendros en flor. Es la Ibiza del sosiego rústico, alejada de las playas y el mar, donde las tentaciones nocturnas distan mucho de ser un reclamo.

 

Es cierto, promulgar lo contrario sería llevar a engaño. Pero es alejarse de ese mar al que la posidonia devuelve unas tonalidades esmeralda, de esas calas encajadas entre roquedales y pinos y descubrir otra isla que en nada se le parece.Tierra adentro emerge una Ibiza rústica, sosegada, serena, que es una simbiosis perfecta entre un privilegiado entorno natural y unas tradiciones humanas que se resisten al postureo del litoral.

NATURALEZA A RAUDALES

 Sí, el interior de la isla blanca conforma un paisaje rural frondoso y fértil, en cuyo suelo pervive esa tierra rojiza que en la Antigüedad, cuando el culto pasaba por la adoración a la diosa cartaginesa Tanit, se tenía la convicción de que espantaba a las víboras. Hoy esta tierra ha engendrado todo un tapiz de bosque mediterráneo que sube y baja por su orografía ondulada hasta culminar en Sa Talaia o Sa Talaiassa, el punto más elevado con 475 metros de altitud.

Subir en coche, a pie (o incluso en bicicleta, los más aventureros) hasta este monte emplazado en el suroeste, cerca del pueblo de San Josep, supone disfrutar del mejor mirador de Ibiza. Una vista panorámica que alcanza a Formentera y que incluso llega, en los días más claros, hasta la costa valenciana. Un consejo: hacerlo a primera hora de la mañana, no tanto para huir del calor como para evitar la bruma que puede empañar el paisaje.

Pero si pinos, sabinas, enebros, acebuches, jaras, lentiscos y chumberas crecen de forma natural por el corazón de la isla, también el hombre, con sus tareas agrícolas, ha esculpido el territorio de manera tradicional. En los pequeños valles solitarios se conservan intermitentes cultivos de secano con trigales, viñedos, algarrobos y esas higueras que crecen en horizontal, con las ramas apuntaladas por estacas, y que constituyen una de las más características imágenes ibicencas.

Explorar esta naturaleza profunda, ya sea silvestre o cultivada, pasa por descubrir lugares tan curiosos como Es Broll de Buscastell, un manantial que brota entre montañas en un extraordinario paisaje y que abastece a los pueblos del valle desde la época musulmana gracias a un sistema de bancales, acequias, albercas y canales. También pasa por conocer la zona vinícola por excelencia, el Pla d’Aubarca, donde se puede degustar el vino local en las bodegas Sa Cova y Can Maymó.

Falta, claro, la que tal vez sea la estampa menos conocida de la isla: la de sus numerosos almendros, desperdigados por aquí y por allá, especialmente al norte, al pie de las elevaciones de Els Amunts y en el conocido como Pla de Corona. Miles de almendros que, cual Jerte en versión balear, cuando florecen (en una primavera que irrumpe muy temprana por aquí) tiñen las planicies de un tono blanco-rosáceo brindando un espectáculo fantástico... y un aroma delicioso.

PUEBLOS CON ENCANTO

 Lejos de la costa y su urbanización un tanto desmedida, la Ibiza de interior se mantiene salvaje y silenciosa, salpicada por apenas un puñado de modestos caseríos, blancos como copos de nieve en medio de una tierra calcinada por el sol. Son núcleos diminutos donde el tiempo parece congelado en las ancestrales costumbres de los payeses: trabajar la tierra, cuidar el ganado, y desarrollar productos artesanales como vienen haciendo desde tiempo inmemorial.

También estos pueblos, que son oasis reposados en la isla de la fiesta perpetua, constituyen el mejor lugar para apreciar la típica arquitectura popular. Volúmenes cúbicos, líneas sencillas y muros encalados. Una arquitectura que ha sido estudiada por diseñadores  del mundo entero (famosa es la admiración que le profesó Le Corbusier) por su proximidad y respeto a la naturaleza. Y es que, a diferencia de las distribuciones urbanas que se disponen en torno a una plaza principal, la payesa se basa en viviendas dispersas entre los campos y, como mucho, con la parroquia como eje central.

Da igual cuál sea el principio y el fin o la dirección a emprender. La ruta de las poblaciones rurales de Ibiza ha de incluir Santa Agnès, en el extremo noroeste. Hay distintas razones para creerlo así: porque se trata de una aldea deliciosamente minúscula (apenas una tienda, un bar y la consabida parroquia) que ha sido fuente de inspiración para poetas, pintores y fotógrafos; porque en sus alrededores, vertebrados de caminos para senderistas y ciclistas, tiene lugar la explosión de los almendros en flor y, sobre todo, porque aquí se encuentra el Museu Etnogràfic de Santa Agnès Es Pujol, donde se da cuenta de la esencia de esta Ibiza que lucha por mantenerse viva. Una interesante muestra que repasa aquellos objetos cotidianos que se emplean en estas regiones como si se tratara de auténticas reliquias prehistóricas: aperos de labranza, presas para el vino, espardenyes

Sólo así podrá entenderse el aire campesino que desprende Sant Joan de Labritja, también en el norte, en lo que siglos atrás fue la zona más recóndita de la isla. Un pueblo en el que el turismo apenas pasa de puntillas pese a que su entorno resulta ideal para la práctica del senderismo gracias a sus bosques extensos y a sus bellos caminos sobre páramos olvidados.

Sant Rafel de Sa Creu, entre la capital y Sant Antoni de Portmany, merece una visita de honor. Una pintoresca localidad, favorecida por una hermosa iglesia blanca del siglo XVIII que constituye toda una postal (desde su mirador, las vistas al Mediterráneo son fantásticas) y por unos cuantos bares y restaurantes donde tomar un rico flaó, que es un pastel elaborado con huevos, queso fresco de oveja o cabra y hojas de hierbabuena. Es, además el único pueblo de la isla que ha sido catalogado como 'Zona de Interés artesanal' porque en él, que está colmado de talleres, trabajan los mejores ceramistas de la isla, quienes han creado una escuela peculiar: hermosas piezas de inspiración púnica que son exclusivas en el mundo.